El rap a veces, sorprende

"Fear not of men, because men must die" (Mos Def)
"A veces pierdo la memoria y gano un sexto sentido, me olvido de lo que vivo pero no de lo que escribo" (SFDK)
"¿Merece la pena hacer lo que se supone que debes más veces de lo que realmente quieres?" (Chojin)
"El amor es eso nena, envejecer sin darse cuenta, seguir viendo con 22 añitos a quién tiene ya los 40" (Xhelazz)

martes, 13 de octubre de 2009

Gajes de la Guerra

Salté por la ventana. No sabía que o quien me perseguía, pero algo lo hacía y hasta el brinco desde el segundo piso notaba su aliento en mi espalda.
Mientras caía recordé la instrucción militar que recibí antes de la Guerra. ¡Maldita mi suerte de haber nacido el año en que lo hice! ¡Y maldito el país que nos mandó a morir a aquella selva que no conocíamos! Gracias a la memoria, que funcionó rápidamente, actué como debía para caer sano y salvo. Flexioné hasta el límite las rodillas y luego rodé como pude. Al levantar la cabeza, y haciendo caso omiso del dolor que se clavaba en las articulaciones de mis piernas corrí de frente por la primera calle que encontré.
Se trataba de una avenida enorme, era la más ancha que jamás había visto, o al menos eso fue lo que me pareció en el momento. Las aceras abarrotadas de gente que corría de un sitio a otro sin conciencia de la presencia del resto; y la calzada llena de coches parados y rugiendo debido a sus ansias de libertad. Esprinté entre esos fantasmas que sorprendentemente tenían cuerpo. Choqué con varios consiguiendo a lo sumo una mirada de reprobación de los sensibles a su entorno, ya que la mayoría ni siquiera entornaban sus ojos hacía mí.
Tras diez minutos de intensa carrera de obstáculos, me giré sin parar para observar, o al menos intentarlo, a mi perseguidor. No distinguí nada, los peatones no reflejaban miedo pero yo seguía notando esa presencia en mí espalda.
Esta mirada produjo lo único que no me podía permitir, una caída. Aterricé contra el suelo enfrente de una tienda de espejos. Desde que había vuelto de la Guerra me aterraba mi imagen reflejada, no era capaz de borrar la escena en la que acabé con la vida de aquellos niños por órdenes de mi cabo. Me levanté intentando no mirar hacía el escaparate de la tienda, pero la lógica me indicó que sería imposible huir con los ojos cerrados y los abrí. Ante mí, mi persona; y tras de mi, como ocultándose para que no le descubriese, un ente extraño. Tenía forma humana y sin sorprenderme comprobé que vestía como un soldado con traje de camuflaje. La sombra que tenía a mi espalda me sonaba, tenía algo que me era familiar. No me atrevía a mirarle directamente, había algo, un instinto, no lo sé, que me paralizaba. Tras diez minutos parado por completo me convencí de que la pasividad que me rodeaba indicaba que lo que creía tener a mi espalda sólo eran imaginaciones mías y volví todo mi cuerpo en un solo movimiento, como cuando en el ejército nos hacían girarnos en formación.

Mi desgracia me acompañará siempre, aún estando en el psiquiátrico me persigue. Está aquí, a mi lado manchándolo todo de sangre y dejando mi impoluta y blanca habitación acolchada como una corrida de toros. Me acompañó en mi entrada al hospital, me seguía; también subió a la ambulancia, estuvo en la revisión de urgencias y en mis citas con el psicólogo. Lo tenía pegado en mi mente; aunque no era de extrañar ya que el soldado era yo.

Me giré dando la espalda a los espejos y ahí estaba; cara a cara con mi aberrante doble que vivió la Guerra y que yo había creído desterrar de mi subconsciente.
En mitad de la avenida todo lo que me rodeaba cambió, volví al pasado más oscuro de mi historia. Las personas y coches desaparecieron, los edificios se derrumbaron rápidamente y el polvo tiñó todo el aire de un color marrón. Me vi en la escena por la que tanto me odiaba.
Yo, encima de un bunker destruido; brazos amputados, dedos sueltos y cabezas abiertas por mi acción. Gasté toda mi munición del lanzagranadas en ese búnker, tras hacerlo me subí encima del montículo en el que se había convertido y sonreí hacia mi pelotón, debía ser un héroe, todos me aplaudieron como si hubiesen visto una ópera. Lo que yo vi de repente fue la cabeza de un niño a la que le faltaba media cara; esto me cortocircuitó y empecé a escarbar entre los escombros. En ese momento nos atacaron, me gritaron que volviese a la seguridad del grupo pero no pude parar de remover la tierra. Cuando el pelotón volvió tras el ataque me encontró cubierto de sangre, con la cara desencajada y miembros mutilados en mis manos.

Esa era la imagen que me perseguía, la que me acompañaba en el psiquiátrico y acompañará hasta que consiga liberarme de esta camisa de fuerza y me corte las venas.

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