El rap a veces, sorprende

"Fear not of men, because men must die" (Mos Def)
"A veces pierdo la memoria y gano un sexto sentido, me olvido de lo que vivo pero no de lo que escribo" (SFDK)
"¿Merece la pena hacer lo que se supone que debes más veces de lo que realmente quieres?" (Chojin)
"El amor es eso nena, envejecer sin darse cuenta, seguir viendo con 22 añitos a quién tiene ya los 40" (Xhelazz)

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Helios Ra Sunshine

Helios Ra subió al ascensor con la mirada perdida y en la cabeza la cena que le esperaba en su casa; vivía en el edificio Rushmore, piso 31.


Helios Ra odiaba a sus padres desde que tuvo la edad para recibir las burlas por su extraño nombre; siempre había pensado que le habían puesto un nombre ridículo y nunca lo entendió. Puede que nosotros nos aclaremos mejor si recordamos algo que el borró de su memoria hace muchos años; fue concebido, parido y criado hasta los dos años en una comuna mezcla de “hippies” y secta en donde adoraban al sol como creador del mundo. De ahí su nombre compuesto de Helio y Ra, personificaciones del Sol en Grecia y en Egipto respectivamente.

Helios Ra subió al ascensor que como siempre que llegaba del trabajo estaba repleto de gente. Enlatados como estaban sólo veían al resto como molestas cosas que no les permitían estar cómodos. Nadie se saludaba ni se hablaba; Helios entró el último.


Helios Ra subió al ascensor, estaban en el garaje 6, planta sexta por debajo del suelo, lo más cerca que se puede estar del infierno; le quedaban cerca de 40 pisos para poder cenar… mira que ponerme este nombre, es ridículo… con este nombre no me van a ofrecer nunca formar parte de consejo de accionistas… . Helios Ra era un gran “broker”; desde hacía 15 años vivía entre acciones, OPAS, chivatazos, mentiras y puñaladas por la espalda. Había visto y vivido mucho; y no siempre había actuado con honradez, de hecho, muchas veces parecía más un ladrón que un corredor de bolsa, aunque nunca se sentía culpable por ello.

Claro que eso le había granjeado muchos enemigos pero a alguien como él, que había llegado casi a lo más alto, no le quitaba el sueño ¿Qué le podían hacer? Era muy cuidadoso con sus asuntos turbios, los tenía bien protegidos y se cubría mucho más que el resto. Además era de las personas más importantes e influyentes de Wall Street, ¿Quién podría, siquiera imaginar, ir a por él?

Helios Ra subió al ascensor, era el último de la cola y detrás de él las puertas comenzaban a cerrarse cuando una mano grande; no, grande es poco, una mano enorme, como de un cíclope gigante griego, las volvió a abrir. Enfrente de todos los ocupantes del ascensor apareció una mole de casi dos metros, con la mandíbula muy prominente y con un parche en el ojo. De veras, no inspiraba ninguna confianza. No obstante, los ocupantes le observaron como una molestia más; todos los corderos del sistema, ricos y triunfadores, pensaban como siempre lo mismo, “lo voy a pasar mal hasta llegar a casa” y lo cierto es que el espacio libre que quedaba era reducido y el cíclope lo estaba teniendo difícil para entrar. En cuanto se ganó el espacio, el resto resopló.

Helios Ra estaba en el ascensor, y este ascendía a toda velocidad hasta el primer piso, después el segundo, a continuación el tercero y así hasta que en el piso quince se quedaron solos el cíclope y nuestro hijo del sol.


A lo largo de la ascensión el gigante no había soltado el móvil, y aunque llevaba varios intentos, hasta se le oyó como dejaba un mensaje en un contestador; no había llamado más que a un número. En un instante de raciocinio pasajero el gigante recordó algo muy importante; y ya en el piso veintidós marcó otro número de teléfono. Helios Ra continuaba en el ascensor, era el único problema de vivir en los pisos más caros del edificio Rushmore, que siempre son los más altos. De repente le sonó el móvil y el cíclope se le quedó mirando con su único ojo abierto de tal forma que casi se podía ver la cuenca de la que se estaba saliendo.


Helios Ra está dentro del ascensor, con el tuerto mirándole de arriba abajo, contesta al teléfono; le cuelgan. El cíclope cuelga en ese mismo momento y le dice con la frialdad más sorprendente:


- ¿Helios Ra Sunshine? He venido a matarte.


Le agarra del cuello con la enorme mano, que ahora esta cubierta por un guante de piel negra muy áspera, parece que le lime el cuello a Helios Ra. Pero la mano le está agarrando sin mucha fuerza, sólo le retiene.


- ¿Helios Ra Sunshine?- le seguía preguntando el nombre, aunque no había duda de que era él; parecía que lo hiciese como sino se creyese que fuera de verdad o para reírse; era imposible distinguir nada en su inexpresiva cara- Tenemos que ir primero a su piso. No grite.


Helios Ra salió del ascensor seguido de su futuro asesino y abrió la puerta de su casa, era como una mansión en el piso 31 y en mitad de Nueva York. No tenía paredes que dieran al exterior, todas eran ventanales. En la entrada había un teléfono y un contestador.


- ¿Helios Ra Sunshine?- esta vez el gigante monocular se sonrío; si, se estaba mofando de su nombre- Borra los mensajes, te había dejado uno para tenderte una trampa pero todo ha sido mucho más fácil.


Helios Ra Sunshine borró los mensajes y antes de que pudiera levantar la cabeza esta cayó por el suelo.

Si que están afiladas las catanas, pensó el asesino al que todos llamaban Moonlight; y con una sonrisa en la boca se fue del piso. Cerró la puerta con su enorme mano aún cubierta por los guantes y entró en el ascensor.


Moonlight subió al ascenso, y entre carcajadas que no podía controlar dijo en alto aunque nadie hubiera con él:


- ¿Helio Ra Sunshine? Que nombre más ridículo….

sábado, 20 de diciembre de 2008

Analogía de las baldosas

(Por favor quien lea esto que lo haga a poder ser en voz alta para ver si realmente tiene ritmo.)



Las baldosas ¡Ay! Las baldosas. Días negros que solo quieres mirar al suelo, ahí están las baldosas...

Mira.

En ese día negro que solo quería mirar al suelo, me lancé a la calle, sin levantar la mirada, ayer ya me estrellé comprobé que no existe ningún hada. Agaché la cabeza, me puse los cascos y mi conciencia empezó a funcionar dando tumbos hasta que ella apareció, me dió una idea que lo que pensaba ordenó, una analogía surgía de esta cabeza mía; mi cortex bribaba, latía, despertaba, reía y a los pocos minutos tradujo lo que sentía para que mi lógica entendiera lo que decía.

Analogía. Es esta.

Analogía de las baldosas que pisas al compás de tu centro de gravedad, la clave no conocía así que yo solo la tendría que encontrar. Las primeras eran planas, las siguientes con arrugas, las de después muy desgastadas y las últimas demacradas, viejas y destrozadas. Mientras andaba por las rotas mi confianza bajó hasta su altura.

¿Por qué? No sé.

Me perdía intentando descubrir que sería lo que me decían y entonces oí como mis neuronas crujían, sin la llave dí con la clave. Cambié de calle, baldosas nuevas no perfectas pero si muy cuidadas; muchos años llevaban allí colocadas y hasta ahora cuando pasaba nunca me fijaba. Este recorrido sobre baldosas lo había vivido antes, pero mis neuronas no debían de estar presentes.

Comencé a cavilar y la clave empecé a ver funcionar. Repasé las baldosas que acababa de pisar y lo ví claro, la analogía era con mi vida.


Las que pisé primero eran nuevas como yo de pequeño, antes de los 14 años, donde la inocencia cubría lo que miraba, nada asustaba porque nada me atacaba, crecía y lo que antes no me hería, ahora me pegaba restando veranos a mi vida sana. Pasaron los años y algo se pudría, el alcohol ya me acompañaba y me acompañaría, privaba sin parar con tan solo quince y no pude resistirme a fumar a la misma edad. Esta precocidad, factura me tenía que pasar y mi cara fue la primera en dejarlo mostrar pero no está de más decir que no entendí lo que me iba a pasar. Las terceras mostraban el deterioro de forma muy clara, nunca habían sido oro pero en es día con mis pisadas casi las desmontaba. Tenía 18, no había olido un chocho, pero ya rasgué mi nariz con todos los tipos de polvos que a mi alcance ví. Pasaba el tiempo y yo caía, los porros, espid, coca, ácidos, maría, corrompían mi naturaleza y me dejarían sin memoria. La paranoía abrumaba mi imaginación y me dejaba el coco seco como si fuera Belloch. No confiaba, si salía, no amaba, si bebía, no estudiaba, me metía y fumaba y me enfrentaba a la policía, algo que hago todavía. Luego llegó el día, no podría ser de otra manera, en que algo en mi cabeza me dijo que ya no seguiría.

Estábamos en el C.B. como siempre, teníamos espid, como simpre, fumábamos polen, como siempre y como otras veces cogimos ácido y lo tomamos todo. Lo anterior mezclao con alcohol produjo en mi interior tal explosión que recordando los simpson, los ví a todos como si fueran demonios. Me habían hablado de los malos viajes y esta vez, cogí billete de primaria clase; y así me quedé yo como las baldosas demacradas y con una depresión.

Todo lo anterior vino acompañado con dejar abandonados a mis colegas de verdad por unos gilipollas que solo me aportaban mierda. Pero salí sabiendo como me perdí; drogas y porque me importaba lo que otros pensaran de mi. Así que después de sonreir a la paranoia y la depresión me puse unas máximas, que me devolvieran la alegría y la imaginación.

"Que importa lo que piensen de mí, mientras yo siga feliz". Volví con los míos y dejé atrás lo que no quería.

Volvemos al principio, encima de las baldosas restauradas y bien tratadas, estoy de pie allí pensando... quién me empuja, quién me mueve... ¡Coño! es alguién que se ríe. Normal llevo cavilando diez minutos ahí parado. Descubierta la analogía ya nada me retenía, continué el camino pasando de que se reía; no me ha importado, yo también me reiría. Llego a clase, alguién intenta enseñarme pero mi cabeza solo imagina como escribiría esta rara analogía.

Antisocial

Querido diario,


Siempre que escribo aquí tengo la impresión de que dejo mis pensamientos a mano de cualquiera pero que a nadie le interesan, y por extraño que parezca no me disgusta. Siempre he sido un poco antisocial y he disfrutado de la soledad desde todos los ángulos, esto me hace pensar e imaginar. Un día que iba por la calle encerrado en mis pensamientos y sin ganas de compartir mi tiempo me puse a mirar al suelo; ví como ante mis ojos pasaban baldosas sin ningún sentido... hasta que se lo quise dar y así es como ha salido esto.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Un Rolex nunca miente

- Perdón, creo que le he pisado…

- No hay problema…pero … ¿Tú no eres Paco?

- Si, así me llaman. Y tú, ¿quién eres?

- ¿No te acuerdas de mí? Del instituto, cuando estábamos en 3º. Soy José Mari, el “yoyos”.

- ¡¿José Mari?! Ah… el “yoyos”. Si, claro que me acuerdo de ti. Lo siento por no reconocerte de primeras, pero tío, es que has cambiado tanto.

- ¿De veras? Yo a ti te veo igual. No has cambiado nada… Pero dime, cuéntame como te va.

- ¿A mí? Pues no muy bien, tío. Ya sabes, estoy de ETT en ETT, con trabajos basura y contratos de mierda de sólo dos días. Toda esa porquería…
Aunque por lo que veo a ti no te va tan mal con tu traje de marca, ese reloj de oro que te asoma y …¿una corbata de seda? Cuéntame un poco de tu vida, que así podré olvidar mis miserias.

- No hay mucho que contar. Después del instituto me encerré en los estudios; ni salía, ni viajaba, nada. Me centré tanto que acaparé becas, premios por mis investigaciones…mil cosas. Cuando me saqué el doctorado decidí que ya era hora de cambiar de vida. Entré en la empresa privada. Vendí pisos por todos los lados, engañe a familias enteras con pisos de muy bajo coste y ahorré. Ahorré de forma enfermiza, me convertí en un avaro. Apenas gastaba.

- Pero no parece que ahora te preocupes mucho por el dinero ¿no? El Rolex lo dice todo.- Le interrumpió Paco.

- Si, es cierto. Estuve ahorrando varios años y entonces me avisaron de lo que ocurría en Andalucía…y en toda España. Ya conoces la historia en Marbella, Cádiz… en toda esa zona había tajada y yo quise formar parte.

- ¿Conociste a Gil?

- Si, y a Julián Muñoz. Gané sacos de dinero, de forma literal. En mi casa de Marbella debajo de la cama tenía sacos de heno rellenos de Euros.

- ¿Y a ti no te juzgan por nada?

- No, fui más listo que el resto, y me largué en el mejor momento. Lo cierto es que me libré por los pelos.

- ¡La leche, que historia! Entonces ahora te dedicas a vivir de rentas. ¿No es eso?

- Así es- dijo orgulloso José Mari.

- Bueno pues, que te siga yendo todo tan bien como hasta ahora. Adiós. Ya me llamarás “yoyos”.

- Hasta luego Paco. Seguro que nos vemos más veces.

Se dieron la mano y se separaron.

Paco, un poco más tarde, entró en su trabajo en el Eroski; mientras que José Mari se refugiaba en su callejón, abría las cajas que ahora eran su cama y antes de dormir, le dio un repaso de pintura color oro a su flamante reloj.
La pintura se estaba desvaneciendo.
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